La ruta del Amor, en Cuenca

Categoria Entrevistas, Sucesos | 01-11-2009

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Una ristra de curas, algunos con sotana y alzacuellos, cerraron una tarde el club de carretera para ellos solos. Champán y copas con las prostitutas en una piscina. Llevaban fajos de billetes en los bolsillos. Acabaron con todas las botellas. Por allí también andaban un médico que todos los días venía con su maletín y pedía a las chicas que le pusiesen inyecciones, y otro al que le gustaba que lo paseasen con una cadena atada al cuello por el suelo enmoquetado. Éstas son las historias, seguramente inventadas, fantasías trasnochadas, que entre música atronadora, alcohol y mujeres medio desnudas se escuchan de madrugada en Los Molinos, uno de los burdeles de la conocida como Ruta del Amor, en Cuenca.

En el escenario canta Karlo, un cincuentón que en los setenta fue finalista del festival de la OTI. La hermana del cantante Francisco, famoso por la canción Latino, saldrá después y hará un numerito con una striper. La sala, decorada con mujeres desnudas pintadas en las paredes, un billar y una fuente rococó, está repleta de clientes, muchos de ellos cazadores franceses que han venido a Cuenca nada más abrirse el coto. A cada rato, uno de ellos coge de la mano a una prostituta y se marcha tan contento a una habitación de la planta de arriba. La escena es casi idéntica, cambiando el atrezo, en el resto de clubes que se apiñan en un tramo de unos pocos kilómetros de la N-301, lejos de Valencia donde hay una decena de burdeles con unas 400 mujeres. Casi todos los locales están entre Casas de los Pinos y El Provencio, dos pueblos de agricultores que apenas suman 3.000 vecinos.

La convivencia entre unos y otros no siempre ha sido fácil. Algunos detestan que sus pueblos sean conocidos por la prostitución: lo ven denigrante, manchan el buen nombre de estas tierras donde también se hacen buenos vinos, aunque muy pocos lo sepan. La constelación de luces de neón, carteles de mujeres desnudas y sirenas parpadeantes forman ya parte del paisaje.

En Casas de los Pinos, por las tardes, se juega en los bares al matarratas, un juego de cartas. Antes de ponerse en faena, el alcalde, Antonio Ruiz (PP), aclara de primeras que “no hay vicios de putas en este pueblo”. Más bien son forasteros quienes las frecuentan. Pero todos tienen una opinión sobre el tema. No queda otra. El 10% de los habitantes del municipio se dedican a eso. La mayoría de los vecinos, cree Ruiz, están a favor de legalizar la prostitución o, como poco, de regularla. Las escorts no hacen vida en el pueblo. Como mucho aparecen para ir al médico o hacer algunas compras. Poco más. El único problema que ve el alcalde es que alguno se ha enamorado de una de las chicas. Aunque se ha puesto solución rápidamente. “Si alguno se lía más de la cuenta”, aclara, “los amigos y los familiares le quitan la idea de la cabeza”.

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